Contaminantes orgánicos persistentes: una amenaza emergente para la producción de camarón

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El camarón blanco del Pacífico (Penaeus vannamei) es el crustáceo de mayor importancia comercial en el mundo. Esta especie es nativa del Pacífico Oriental y se distribuye desde las costas de Sonora, México, hasta el norte de Perú. Según datos de la Comisión Nacional de Acuacultura y Pesca, en 2021 nuestro país obtuvo 249,958 toneladas de camarón, con un valor aproximado de 23,800 millones de pesos, del cual el 73% fue generado por acuicultura, actividad mayormente desarrollada en los estados de Sinaloa, Sonora y Nayarit.

A nivel mundial la camaronicultura enfrenta diversos retos, tales como las condiciones ambientales desfavorables que son consecuencia de los efectos combinados del cambio climático y las actividades humanas. Uno de los mayores efectos del hombre es la contaminación, que ha incrementado la presencia de diversas sustancias químicas en las costas; por ejemplo, plásticos, fertilizantes, metales pesados y contaminantes orgánicos persistentes (COP), los cuales son moléculas poco solubles en agua y altamente resistentes a la degradación biótica y abiótica, favoreciendo su persistencia en el ambiente, sobre todo en sedimentos ricos en materia orgánica y tejidos de organismos vivos.

Como parte de un esfuerzo multinacional, México ha firmado un convenio que promueve la eliminación del uso de pesticidas organoclorados, bifenilos policlorados y otros COP producidos sintéticamente. Sin embargo, muchos de estos contaminantes son generados de manera no intencionada y, por lo mismo, no están regulados. Tal es el caso de los hidrocarburos aromáticos policíclicos (HAP), compuestos muy comunes en el ambiente marino. Aunque los HAP pueden producirse de manera natural, su principal fuente son las actividades humanas, como lo es la extracción y refinación del petróleo, así como la quema de materia orgánica, además de basura, madera, carbón, gasolinas y aceites.

Los HAPs entran al mar a través de varias rutas, incluyendo el intercambio con la atmósfera, los drenajes urbanos, efluentes agrícolas e industriales, derrames de combustibles, uso de embarcaciones, etc. Se ha demostrado que algunos HAP pueden ser cancerígenos, mutagénicos o teratogénicos en el ser humano. En crustáceos como el camarón también podrían tener efectos adversos sobre su fisiología, afectando procesos importantes para la producción acuícola como el crecimiento, desarrollo y reproducción. No obstante, las células de todos los seres vivos tienen mecanismos para defenderse de los contaminantes, que neutralizan su efecto tóxico y facilitan su eliminación del organismo.

Actualmente, un grupo del Centro de Investigación en Alimentación y Desarrollo (CIAD) integrado por las investigadoras Gloria Yépiz Plascencia, Lilia Leyva Carrillo, Alma Peregrino Uriarte, Silvia Gómez Jiménez y la posdoctorante Laura Camacho Jiménez, analiza cómo se regulan los mecanismos subcelulares que permiten la detoxificación y la prevención del daño oxidativo causado por HAP en los tejidos del camarón blanco, con el objetivo de identificar moléculas clave para la resistencia y resiliencia de la especie ante este tipo de contaminantes, específicamente fenantreno y naftaleno.

A la fecha, entre sus hallazgos han encontrado que cuando el camarón se expone a concentraciones subletales de naftaleno y fenantreno se activan genes y enzimas involucrados en la transformación de los contaminantes en moléculas que son menos tóxicas y más fáciles de eliminar. Sin embargo, la biotransformación de contaminantes suele generar especies reactivas de oxígeno (ERO), que en exceso dañan a las proteínas, lípidos y ácidos nucleicos que componen las células.

Al respecto, han hallado que estos compuestos suprimen ciertas enzimas antioxidantes e incrementan algunos indicadores de estrés y daño oxidativo en tejidos del camarón (Camacho-Jiménez, 2024). No obstante, aún quedan muchas preguntas por resolver, no sólo sobre cómo se defiende el camarón ante los HAP y las ERO a nivel bioquímico, sino también qué pasa cuando se enfrenta simultáneamente a otros tipos de estrés ambiental, como alta temperatura y bajos niveles de oxígeno (hipoxia) que, en el contexto actual del cambio climático global, es algo que ocurre de manera más frecuente e intensa.

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